Esta tarde, tu noche, es fría, con gritos y lamentos de hijos huérfanos y mutilados, gritos de madres infelices y padres desdichados, niños sin esperanza. La muerte se adivina desde afuera, antes de cruzar el alto arco de piedra que separa las ciudades. La perdición que se respira se debe a que hace unos días la reina del lugar se marchó, dejando atrás a su eterno compañero; un lacayo de nombre E. Él, jurando venganza y podredumbre, maldijo al pueblo:
- Odien a sus hijos, escupan a sus padres, olviden a sus abuelos, humillen al prójimo, aborrezcan y detesten a sus esposos, gritó E. desde la montaña que del centro de la ciudad se elevaba.
La necesidad de E. por tener de nuevo a L., el amor que sentía hacia ella, la lejanía carnal y el hastío de la soledad, llevó a N. a perderse en una negra nube de no-destino, en espesura de enfermos, en mierda de viejos. N. se llamaba la ciudad. En las mañanas negras con tonos rojos, despertaba implorando el regreso de ella, llorando a la tierra y al espacio compartido, empujando el puño al aire como símbolo de derrota y miseria, enseñando el pecho entre sus ropas roídas, preparándose para la muerte. Saltó fuerte, toda la planta del pie le ayudó, tomó impulso para llegar más lejos, para repartir más su cuerpo sobre la gente. Tomó el único recuerdo que tenía y sin soltarlo gritó en el aire, lo hizo con sonido muerto, con cansancio pero con gran ímpetu. Todos escucharon nítido su ruego, nadie lo veía, nadie lo vio.
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