Llamaba de puerta en puerta, buscando su Todo perdido. En las madrugadas un campaneo estrepitoso lo azotaba contra la pared; ciego por la noche, destapaba un cuerpo dañado, lacerado en cada miembro, azorado y más aturdido que la mañana anterior, comenzaba su rutina: baño, desnudo, pan y un café. Solo, en un espacio que sería una vergüenza compartir con alguien más, iba y venía sin saber qué hacer, era su primer día en la fábrica de zapatos. Ya era tarde y él de pie, con la ropa de ayer en los pies de la cama. Ya no tengo nada, lo he perdido todo, pensó en voz baja. Sin meditarlo más, se colocó los andrajos de los que disponía y salió. Al azar señalaba una casa, alguna donde no lo conocieran. Al abrir la puerta repetía cordialmente: buen día, amable señora (señor, niño, anciano…), acaso ha visto en los últimos días a…que se comparta como…y que le encanta…por cierto, antes de olvidarlo y para refrescarle la mente, tiene el tamaño de…desde siempre gusta… Le agradezco, que Dios lo bendiga.
En la parada, se mezclaban géneros y olores; en el camión, sonrisas y arrebatos; en la entrada de la factoría, humo y malas caras.
Terminó el día sin novedad alguna, igual de cansado y con la pérdida en la razón. Sólo esperaba llegar a su hogar – el segundo para él. Bien ubicado en la esquina frente al parque de la zona, brillaba el B. de D. Aquel lugar era una pasarela de lo estrambótico, de la indecencia y la alegría baja: mujeres sin ropa fumaban en la puerta, recibiendo a sus hombres; paredes pintadas con sangre negra y N. cuidando la entrada. Adentro se escuchaba boongaloo con cantante cubana en vivo. Entró, se sentó y pidió un jerez, esperando meterse en el vaso de vidrio para prenderse fuego y agonizar con el fuego incipiente del alcohol destilando. Otro. Comenzó a bailar. Sin percatarse estaba en un rincón con dos hombres que se alistaban. Con voz perdida dijo: buena noche, honorables caballeros, me preguntaba sí han…•… …
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