miércoles, 26 de octubre de 2011

Sin voz


No un negro,
No un blanco,
Espiral perpetua de signos.
Atormenta la calma
Desvanece la gloria.

Todos los animales lloran:
llanto, llama, exhala.
Lejanía de la estepa
De viejos disparos
Y sonidos en cúpula
Guardados -perdidos- en la bóveda
Ningún tímpano susurra
Ningún escribano levita.

Cada habitación es un paso.
Y un recuerdo a los que yacen
Sobre suelos en los cielos,
Y sobre leones agotados.

Palabra única de invierno muerto
Símbolo labrado en huesos,
Carne seca y ceniza atisba.
Los pies, y las garras,
Las fauces y las lágrimas en fuego.
Los mismos sonidos al crujir la seda.

La sangre secó el dolor

sábado, 22 de octubre de 2011

Fan


Un momento,
Perdido en sucio
Lleno en corazon.
Eterea, en blanco.
Nombre pulcro.


Imagen biforme: turbia,
Viva y vida
Tú con miedos,
Un fluido en terror,
Dos... solos
Tú, viva.


Sin nada, gritas tu nombre.
Silencio.
                              nombre.
Uno y solo.
Dos, lloran.
Letra libre
Y ninguna letra es mía.

viernes, 21 de octubre de 2011

Ninguna palabra es mía


No respiro un ala,
Nimio sabor a sangre,
Norte muerto en el mar.

Rumores suben bajo el río,
La muerta vive en festum.
Belleza suelta sobre el vestido alto,
Nube de sueños en cascadas de ojos claros,
Las manos hierven en el sudor del alba.
Marca maldita sobre el hombro de Dios.
Nombra una palabra tuya.
Termina el hastío, sentir de hombre,
Salta en la nube, carga la pena.
Y.
Lluévete en las carnes tensas del amor,
Sobre las piernas húmedas de la amante
                Vuelve a caer y sube, revive el olor.

Anima a la bestia,
Da alma a la luz,
Entrega la palabra.
Resiste sobre el hilo.
Navega y cae…                
                             .
                                     .
                                             .
                                               alta en espuma.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Falib


Desearía tener manos enormes, gigantes,
Tomar del suelo el llanto que corre,
Subir por una espalda lisa, tersa.
Un objeto inocuo,
Dos golpes en la sien,
Los sentidos desgarrados y la ceniza muerta de un recuerdo.

Cuando niño, era.
Niño en los cielos. Crecí muerto.
Nací niño, nací con todos los huecos yermos.
Herradura forjada en el gesto,
Mácula de sangre en lágrima de niño.

Con los ojos cerrados icé el camino,
Senderos de mil pasos.
Abre un brazo,
            Ata un sueño.
Advierte a los vivos que la mano sangra, que hierve
Que lleva furia y no ceja,
Golpea una idea, a una madre.

Los saltos de una persona retumban
Lapidario de rubíes,
Ninguna copa vana.
Desgaja tu cabellera en alud de voces.


Recorre el río y desgasta tus labios.

lunes, 3 de octubre de 2011

EAP. DLO. GLE. AA. RN.

Siempre me creído en la sensatez, y a lo largo de mis años he tratado de hacer de ésta una virtud. Hoy, hablando por teléfono, parece que el pequeño mundo que había formado en torno a esta virtud mendaz, me ha dado la espalda. Nunca se es lo mejor, aunque en momentos largos de reflexión interna bañados con whisky y tabaco, se crea.

-¡Te equivocas! - me gritaban desde el tapanco donde guardaba las cosas con recuerdos escritos con letras invisibles y todo lo demás que se acumula en el menguar del tiempo. Toda tu vida te has creído único – seguía la voz, que de la nada retumbaba- no eres nada más que tú. Eres la misma persona que camina siempre por la misma calle, que toma el mismo camino diario para ir.

- ¡¿Quién crees que eres?! – contesté - ¿acaso desde ese refugio de obscuridad puedes cuestionar una vida entregada a los sueños del hombre?

- Ja, aún tienes que entender mucho que de la vida no aprendes desde la posición que tienes – con una voz estridente  dijo, esta vez más cerca- Yo de eso no te puedo enseñar pero mírame, dime quién soy.

Extrañado entre el sopor del calor seco que de esta casa emana, comprendí que era el viejo panda de mi hermano, aquél que le dieron en el cunero al nacer con todo el anhelo que un primer hijo da, con ojo remendado y sin brazo. Recordé que todos los días mi hermano lo besaba, también recordé que mi hermano no me besó hasta ya entrada la madurez.

Quise tomar de la mano que le quedaba al muñeco de trapo viejo, pero terminé en el piso. Imploré por ayuda, grité sin tener respuesta. Como pude, logré arrodillarme, sólo para ver la silueta, esta vez no del trebejo, sino la mía. Se retorcía entre las sombras y la luz. Peleaba por ponerme en pie, arrojé todo lo que mis palmas tocaban, me deshacía uno a uno de mis recuerdos y los miedos de lapidaban desde adentro mi piel.  Entorpecido, de golpe pensé “la razón nunca ha estado en tu extraña percepción del mundo, ni en tus vagos pensamientos sobre las persona. Al parecer nada entiendes, nada eres, nada en ti”.

Buena noche, cielo.