El gigante nace desde la montaña,
con pasos fríos y ciegos
erige los senderos del pueblo.
Se crea ajeno al pulso del hombre,
ríe las ramas-raíces de su árbol
lamenta los olvidos del silbante.
Arriba, en el último suspiro, vive
turbada por el hielo del sol,
por el hielo de Dios que del sol nace,
como el eterno palpitar del ave
renaces tus vientres a la vida.
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