En la ladera levantó una piedra
Inanimada por designio divino,
Santificada por el nombre del hombre.
Le habló, la ungió, la veneró.
Ascendieron al cielo y al purgatorio,
Crearon los planos físicos y el amor,
La muerte y la crueldad.
Se acercaban,
Cada día, cada movimiento, cada bocanada
Al tiempo perfecto de Dios.
Se guiaban por los colores del Sol,
La marea del viento
Y los estertores de horizonte.
Al quinto día cayó a la tierra,
Abierto el pecho con sangre espesa.
Al cuarto día había elegido a la piedra
Animada por el aliento de Él.
Al séptimo día cayó,
Muerto sobre el regazo de la bata blanca.
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